La primera vez qe lo hice fue en un metro. Cuando estábamos en el túnel me imaginéqe era una nave espacial qe rompía las barreras del tiempo y de la física, qe mis pensamientos tenían el control de ese tren qe pedía ser domado. Yo tenía muy recientes mis aprendizajes de física cuántica, qe decía qe el universo es lo qe uno se imagina. Todo lo qe vemos, es pensamiento.
Llevaba pues ya, media hora de atraso a la cita, pero esta vez pensé distinto: este tren no me hará llegar tarde, yo lo haré llegar temprano. Cada qe pasábamos de la luz de la estación para qedar hundidos en un espacio cotidiano, sin paisaje ni tiempo, me figuraba qe estábamos flotando en una dimensión más éterea qel subterráneo de las calles. Sí, las venas de las calles. En eso me concentré: soy una célula moviéndome en la circulación de una ciudad-órgano gigante. Mis compañeritos de vagón son átomos como yo. Todos somos tan iguales acá abajo, qeriendo llegar. Nos une a todos el mismo objetivo: llegar a la estación qe nos corresponde en el viaje.
Me fijé en sus caras de átomo: unos duermen, otros platican, allá se besan. Qé manera de ser célula oxigenante. Ahora tengo el poder de la conciencia. Y podré ver más allá de la mirada de muchos. Me reconozco con los qe se hacen concientes de algo, la impresión expresiva nos delata.
Cuando me tocó bajar vi la hora, y no me sorprendió tanto qe llegué antes de lo esperado, y qe la persona qe me había citado se había retrasado también.
Me di cuenta qe era el efecto de haber descubierto un Poder. Esa fue la primera vez qe descubrí un poder.
Me propuse, siendo tan lectora de venas subterráneas, sobre todo del subterráneo qe saca la subterránea humanidad de esta ciudad, qe leería las historias de qienes me acompañaban en cada viaje. Qé importa si al salir a la calle eran reales o no, durarían sus historias los minutos qe durara mi pensamiento.

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